LA JUSTICIA DE LOS INOCENTES

Sabed, hijos de puta, que los delitos no prescriben
después de cinco años ni de diez,
ni con un padrenuestro y dos avemarías.
No hay saldo final ni enmienda para vosotros.
El Dios que os inventasteis
para redimir vuestros pecados,
el Dios que os creó, a su imagen y semejanza,
se levantó la tapa de los sesos
después de ver el telediario de las tres.

Los obispos que lavaron y almidonaron
vuestra ropa interior,
en el secreto de los confesionarios,
y trasvasaron al silencio vuestros ríos de sangre,
son tan culpables como vosotros.
En los bares del cielo no habrá cerveza fresca para ellos.

En el Nombre de la Vida que sumergisteis
hasta ahogarla en un pila bautismal,
en el Nombre de la Vida que lanzabais al océano
a seis metros de altura, desde los aviones,
os declaro culpables, y os condeno
al fuego eterno de la memoria.

Vuestra imagen amarillenta en las portadas de los diarios
la contemplan los 666 hijos de puta que os precedieron.
Ni de viejos y enfermos producís compasión,
cuando observo vuestras miradas, aún desafiantes
con lluvia de sulfuro y calaveras,
entiendo de lo que hablaban las viejas profecías
de Santa Hildegarda, San Malaquías, Nostradamus…

En el Nombre de la Vida que temblaba en los electrodos,
que echasteis a los perros, que ocultasteis con cal viva,
de esa vida que no respetasteis,
no merecéis respeto muertos vivos.

Vuestros crímenes, salvapatrias mafiosos,
hijos del Gran Cabrón,
vuestro sueño de buitres uniformados,
vuestro buen uso de la libertad,
permanecen grabados en el genoma humano para siempre
y en el disco duro del Sistema Solar.

Me cago en vuestra patria de orines y de estatuas,
vomito en vuestras botas de serpientes y niebla,
me pedo en vuestras mesas y en vuestras misas negras.

En el Nombre de la Vida,
del amor y la ternura que truncasteis
en aquellos días, soldaditos de plomo,
se os condena a no olvidar.
No dormiréis jamás aunque cerréis los ojos,
jamás descansaréis aunque compréis el cielo,
segundos, minutos, horas, días,
meses, años, siglos, milenios arderéis…

Ángeles de exterminio,
nunca saldréis del salón del desierto.
El Gran Relojero no pudo soportarlo,
las leyes de los hombres no os pudieron juzgar.

En memoria de los inocentes, arded, diablos, arded.

(Del libro Buenos días, colesterol. Ángel Petisme. Sial Ediciones, 2000)

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Iraq 03-08. Contra la ocupación y por la soberanía de Iraq

Cuelgo un poema de la serie Salam Iraq dentro de mi libro de hace cuatro años El cielo de Bagdad, en memoria de una cuarta parte de la población iraquí que ha muerto o se ha convertido en refugiada como consecuencia de la ocupación e invasión ilegal de Iraq.

Aznar 18-3-2008: Volvería a hacer lo mismo. 

Contra la impunidad. Juicio a Aznar.

LOS NINOTS DE BAGDAD *

¿Cómo te mirarían los niños de Bagdad
una noche de sábado al volver a tu casa
y colgar tu móvil en el cargador?
Hay pozos de sangre ardiendo en sus pupilas…

¿Qué te dirían los niños de Bagdad
al enchufar tu cepillo de dientes automático
y descubrirte frente al espejo una nueva cana?
Huele el viento a tambores de orina,
tienen miedo las cunas, las tumbas,
los colchones de esta ciudad…

¿Han visto la nieve alguna vez
los ninots de Bagdad por la televisión?
¿Qué dirás a tus nietos
de este aullido del siglo XXI,
de este banquete de la muerte,
cuando el sol de tu sombrero se quebrante,
y los oigas reír y gritar por el pasillo:
“Abuelo, abuelo
otra vez te has dejado en el vaso la dentadura..Ja, ja, ja.”
¿Qué les dirás cuando no sueñe el móvil
pues todos tus amigos se fueron al otro barrio?
¿Cómo explicarás esta chapuza de la humanidad?
¿Una batallita más?¿Un pedo contenido?

¿Saben los niños de Bagdad, -tú ya sí-
que el mañana es un crimen,
una estéril salmodia del caos?

Nadie los indultó la noche de San José.
Ardieron como fallas, como antorchas humanas.
Ardían los posters de sus ídolos:
Figo, Ronaldo, Raúl, Roberto Carlos…
Ardían los collares, las palmeras
y los trajes de novia de sus madres.

Mientras los perros aullaban a la galaxia
cientos de pájaros, aturdidos por la explosión,
llovían fulminados y yertos.
Y la pintura de los coches se levantaba
y los dátiles eran lágrimas de ámbar.

* En un canal de televisión retransmitían las fallas en directo, en los demás todos esperábamos con el corazón en un puño que aquella locura escrita y anunciada se frenase como Josué detuvo el sol ante los enemigos.

(Del libro El cielo de Bagdad (Diario y poemas del viaje a Iraq), Ángel Petisme. Editorial Xordica, 2004)